Wed 20 Aug 2008
© Gavilanes
Alberto Alcocer, 47
Una amiga mía que vive al lado me había hablado (bien) de este sitio ya hace tiempo (vamos, desde que se enteró de esa pasión malsana mía por las croquetas). Sin embargo, hasta el mes de Diciembre del ‘95 no se me había ocurrido venir, porque en mis excursiones por la zona la degustación de croquetas se había limitado siempre al absolutamente seminal bar El Tomillar, de la calle Profesor Waksman.
Y tampoco puede decirse que tal actitud fuese una locura, pese a la fama que precedía al sitio que ahora os comento, y pese a que la carta de tapas que éste exhibe es realmente notable (tirando a sobresaliente). Lo único que pasa es que las croquetas, siendo brillantes, no llegan al grado de excelencia de las otras.
Por lo demás, ya digo que esto está muy bien surtido. Encima los camareros son amables y eficientes (algo de agradecer para la zona, un tanto tosca). Y cuenta con la ventaja de que uno puede elegir, para casi todo, entre ración y tapa, esta última a mitad de precio, más o menos. O sea, una buena idea.
Si váis, podréis también comprobar que allí menudean los ejecutivillos tan típicos de la zona, con sus a veces brillantes amigas. Yo, por mi parte, lo he visitado casi siempre acompañado de una chica de escaso tamaño pero abundante talento para la elaboración de croquetas (faceta que he podido comprobar en mi propia casa -eh, he dicho croquetas, que nadie se llame a engaño). Y en este bar hemos comido bien y lo hemos pasado estupendamente, aun sin lucir ella un traje de chaqueta ni yo mi corbata colgando.