Comer en Madrid


Cardenal Cisneros, 39 Metro: Bilbao

De los castizos, donde cada tapa tiene nombre propio.
Recomendable la chulapa = chorizo frito y el chispero = montado de panceta.

Sagasta, 2 Metro: Alonso Martínez

Muy concurrido, sobre todo gente muy joven que empiezan de barato en este sitio.

cerveceria santa barbara madridPza. Santa Bárbara, 8 Tel: 91 319 04 49 / Metro: Alonso Martínez

Lleva desde 1947 en esta plaza, siendo la más conocida, donde todo el mundo queda, no para tomarse un vino, pues sólo tienen cerveza.

bar de tapasPuerta Cerrada 6

Justo detrás de la Plaza Mayor, escondido en los recodos de Puerta Cerrda, se halla este pequeño bar, de declaradamente ambiente “no pijo”, donde siempre es estupendo tomar unas cañas acompañasdas de un canapé de Torta del Casar o de morcón Ibérico. Ideal para empezar por la parte de abajo la ruta de tapeo en la La latina.

© Gavilanes

c/ Zurbano, 67

Pequeño bar-restaurante de la zona de Chamberí en cuyo bar, de altos precios y servicio un tanto finolis (ahora os cuento por qué), menudean los personajes de camisas de rayas y gominas capilares, que comentan con aplomo y gracia absolutamente carente de ironía las últimas noticias políticas y económicas que ha publicado El Mundo. Tampoco quiero ser injusto: allí se ven también grupos de personas de aspecto igualmente profesional que degustan coca-colas (o algo peor, que nunca se sabe) mientras hacen previsiones financieras (o qué se yo), calculadora en ristre.

Y os preguntaréis qué hace un fanático del Siroco o del Estocolmo (como yo mismo) visitando un sitio de estas características. Ya me parece oir los comentarios de los típicos listillos: será que hay tías, los unos, seguro que las camareras están buenas, los otros. Pues no. Sólo un tercer grupo, más reflexivo y realista, tendría razón: la culpa es de las croquetas caseras.
Sí, porque aunque cuestan 150 pelas la unidad (al parrot), las croquetas de este sitio son bastante dignas de mención. La verdad es que las sirven de una forma un tanto hortera (van en un platito sobre una servilleta de papel, y las acompañan de otro platito, un tenedor y un cuchillo - ¡!), y están demasiado grasientas, pero su sabor es extramadamente suave, tal que el de unas (hipotéticas) torrijas de jamón, o algo parecido. Muy buenas, vamos. Aunque, por descontado, no igualan las propuestas de las mecas del género.
Así que, teniendo en cuenta el precio, se trata de una frivolidad que, de vez en cuando, no está mal. Hay otras tapas, sí, pero igual que hay otros mundos… (están en este).

© Gavilanes

General Castaños, 13

Establecimiento emparentado con El Camarote de la calle Lagasca, con características muy parecidas: Mucho chopito, mucho calamar frito, calidad reconocida, camareros en la frontera entre la corrección y la antipatía (en esto último, creo que el premio se lo lleva El Timón, definitivamente, aunque la última vez que he ido reconozco que se han portado bien), precios tirando a altos (más de un genio del humor de estos que hay por ahí sueltos se ha exhibido diciendo que eso había influido en el nombre del bar, ya sabéis). El público, por otra parte, es algo más cosmopolita y menos carne de misa que en El Camarote. Cosas de dónde está cada uno, claro.
Yo lo propongo, más que nada quedar en fechas señaladas o algo parecido (con mujeres/hombres señaladas/os, antes de borracheras señaladas, etc. ) Pero siempre para estancias cortas, porque ponerse aquí ciego de raciones puede salir un poco expensivo. Ahora, eso sí, si me dan a elegir entre esto y uno de los abyectos cuchitriles para engañar turistas que malviven en las cercanías de la Plaza Mayor, no lo dudaría. Aquí por lo menos sirven productos con ciertas garantías.

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Alberto Alcocer, 47

Una amiga mía que vive al lado me había hablado (bien) de este sitio ya hace tiempo (vamos, desde que se enteró de esa pasión malsana mía por las croquetas). Sin embargo, hasta el mes de Diciembre del ‘95 no se me había ocurrido venir, porque en mis excursiones por la zona la degustación de croquetas se había limitado siempre al absolutamente seminal bar El Tomillar, de la calle Profesor Waksman.

Y tampoco puede decirse que tal actitud fuese una locura, pese a la fama que precedía al sitio que ahora os comento, y pese a que la carta de tapas que éste exhibe es realmente notable (tirando a sobresaliente). Lo único que pasa es que las croquetas, siendo brillantes, no llegan al grado de excelencia de las otras.

Por lo demás, ya digo que esto está muy bien surtido. Encima los camareros son amables y eficientes (algo de agradecer para la zona, un tanto tosca). Y cuenta con la ventaja de que uno puede elegir, para casi todo, entre ración y tapa, esta última a mitad de precio, más o menos. O sea, una buena idea.

Si váis, podréis también comprobar que allí menudean los ejecutivillos tan típicos de la zona, con sus a veces brillantes amigas. Yo, por mi parte, lo he visitado casi siempre acompañado de una chica de escaso tamaño pero abundante talento para la elaboración de croquetas (faceta que he podido comprobar en mi propia casa -eh, he dicho croquetas, que nadie se llame a engaño). Y en este bar hemos comido bien y lo hemos pasado estupendamente, aun sin lucir ella un traje de chaqueta ni yo mi corbata colgando.

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Jovellanos, 7 Metro: Sevilla

Enfrente del Teatro de la Zarzuela y muy frecuentado por el público habitual de la ópera, en Madrid (incluidos Ruiz Gallardones y demás familia), este bar tradicional merecería estar inscrito con letras de oro macizo en una hipotética placa que recogiese el itinerario de la Ruta de la Croqueta. Sí, la primera vez que fui, hace ya lo menos 6 años, mi atención quedó inmediatamente captada por un cartel, bastante rancio, por cierto, que anuncia Especialidad CROQUETAS. No me cupo la menor duda sobre qué pedir, a continuación.
Y podría extenderme sobre los extraordinarios matices que adornan a las croquetas que este bar propone. De hecho, sólo una elemental prudencia me aconseja ser comedido y no aburriros con tal panegírico. Simplemente os aseguraré que, cada vez que voy, cada vez con menos dudas, si cabe, pido lo mismo que pedí aquel día de hace 6 años: Una caña y dos croquetas, por favor. Los que reciben tales peticiones suelen ser unos camareros casi tan vetustos como el propio bar (y digo suelen porque últimamente se detecta una más mayoritaria presencia de público joven, parte del imprescindible relevo generacional que, por mi parte, espero que incluya la transcripción a los que vengan de la receta de ese frito tan español y tan estimulante). El servicio, por lo demás, es amigable y destila siempre una cierta seriedad no exenta de clase que contribuye a granjear mis profundas simpatías por el establecimiento.
Si acaso hubiera algo que objetar, quizás sería el aspecto algo lúgubre que puede llegar a ofrecer si vas fuera de hora (horas son las de comer o cenar -también es restaurante- y las de espectáculos en el teatro de enfrente). Pero ya os digo que incluso eso se puede ver con buenos ojos. Y además, ¿qué mejor que un par de croquetas tranquilas para iniciar cualquier velada? A mí, personalmente, no se me ocurre nada.

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Mayor, 78 Tel: 91 548 06 20 Metro: Sol / Opera

No es que el sitio tenga un aspecto tentador pero, al fin y al cabo tampoco lo tiene ese templo de las croquetas que se llama Casa Manolo, así que no es el aspecto lo único que nos debe hacer juzgar. Este es un bareto antiguo, de camareros relativamente vetustos, pero situado en posición estratégica, muy cerca de la calle Bailén, en un área en la que sobran los locales de copas para pusilánimes y los mesones para atracar extranjeros. Además, puede decirse que al menos una vez ha llamado la atención de gente lo suficientemente distinguida como para permitirse aparcar un MG descapotable en la puerta.
¿Qué nos ofrecen? Pues no es que esté pintado sobre los baldosines, ni que aparezca en una pizarra de rayas sobre la que pone Mirinda. Hay que preguntar al camarero para cerciorarse. Y como el tío dijo croquetas, pues no pude negarme (vosotros ya me conocéis).
Las croquetas son versión pequeñita y con síntomas aparentes de haber permanecido congeladas en algún momento de su vida (un contenido no suficientemente ligado las delataba). Por otra parte, el sabor es decente, si bien no alcanza la gloria.
Así que, MGs al margen, la conclusión no es demasiado excitante (aunque el simple hecho de que sirvan croquetas caseras me parece ya un hito, como podéis imaginaros). No obstante, los hay que afirman que el sitio está muy bien, así que igual me vuelvo a pasar pronto y os cuento más.

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Doctor Castelo, 22 Tel: 91 573 55 90 / Metro: Ibiza

A mi juicio, el mejor bar de la zona de Narváez-Ibiza, que me fue dada a conocer en mis siempre añorados tiempos CSIC (donde trabaje un tiempo) por un colega que vivía allí. Y nunca mejor dicho, eso de dada a conocer, porque yo por esas calles no había ido prácticamente nunca, ni de bares ni de nada. Así que cuando empecé a ir me quedé bastante sorprendido de la gran cantidad y calidad de la hostelería del barrio -a mi juicio, por encima del siempre afectadillo y sobrevalorado Barrio de Salamanca, al otro lado de la calle Alcalá.

En concreto, La Castela, en la calle Doctor Castelo-qué tonto suena esto-, junto a Narváez, es un bar-restaurante de estos que apuestan por la imaginación, y dan un toque posmoderno a sus propuestas. Afortunadamente, tampoco olvidan algunos platos más convencionales, como las excelentes croquetas (aquí, generalmente, de marisco, pero también se pueden probar de pollo si hay suerte y las hacen para darlas de tapa). Ejemplo de lo anterior es el magnífico revuelto de habas y morcilla que tuvimos ocasión de zamparnos la última vez. Pendientes de probar están otros revueltos de aspecto seductor, de los que ya iremos informando.
Mención aparte merece el mobiliario de la barra (con el clásico mostrador metálico sobre el que penden los grifos de cerveza, a la antigua usanza).
Como otros bares del barrio, su punto álgido es, que yo conozca, el domingo antes de comer. Pero un día de diario a las 9 y media de la noche es posible disfrutar de cualquiera de sus tentadoras posibilidades. Os lo aseguro.

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