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Mayor, 78 Tel: 91 548 06 20 Metro: Sol / Opera

No es que el sitio tenga un aspecto tentador pero, al fin y al cabo tampoco lo tiene ese templo de las croquetas que se llama Casa Manolo, así que no es el aspecto lo único que nos debe hacer juzgar. Este es un bareto antiguo, de camareros relativamente vetustos, pero situado en posición estratégica, muy cerca de la calle Bailén, en un área en la que sobran los locales de copas para pusilánimes y los mesones para atracar extranjeros. Además, puede decirse que al menos una vez ha llamado la atención de gente lo suficientemente distinguida como para permitirse aparcar un MG descapotable en la puerta.
¿Qué nos ofrecen? Pues no es que esté pintado sobre los baldosines, ni que aparezca en una pizarra de rayas sobre la que pone Mirinda. Hay que preguntar al camarero para cerciorarse. Y como el tío dijo croquetas, pues no pude negarme (vosotros ya me conocéis).
Las croquetas son versión pequeñita y con síntomas aparentes de haber permanecido congeladas en algún momento de su vida (un contenido no suficientemente ligado las delataba). Por otra parte, el sabor es decente, si bien no alcanza la gloria.
Así que, MGs al margen, la conclusión no es demasiado excitante (aunque el simple hecho de que sirvan croquetas caseras me parece ya un hito, como podéis imaginaros). No obstante, los hay que afirman que el sitio está muy bien, así que igual me vuelvo a pasar pronto y os cuento más.

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Doctor Castelo, 22 Tel: 91 573 55 90 / Metro: Ibiza

A mi juicio, el mejor bar de la zona de Narváez-Ibiza, que me fue dada a conocer en mis siempre añorados tiempos CSIC (donde trabaje un tiempo) por un colega que vivía allí. Y nunca mejor dicho, eso de dada a conocer, porque yo por esas calles no había ido prácticamente nunca, ni de bares ni de nada. Así que cuando empecé a ir me quedé bastante sorprendido de la gran cantidad y calidad de la hostelería del barrio -a mi juicio, por encima del siempre afectadillo y sobrevalorado Barrio de Salamanca, al otro lado de la calle Alcalá.

En concreto, La Castela, en la calle Doctor Castelo-qué tonto suena esto-, junto a Narváez, es un bar-restaurante de estos que apuestan por la imaginación, y dan un toque posmoderno a sus propuestas. Afortunadamente, tampoco olvidan algunos platos más convencionales, como las excelentes croquetas (aquí, generalmente, de marisco, pero también se pueden probar de pollo si hay suerte y las hacen para darlas de tapa). Ejemplo de lo anterior es el magnífico revuelto de habas y morcilla que tuvimos ocasión de zamparnos la última vez. Pendientes de probar están otros revueltos de aspecto seductor, de los que ya iremos informando.
Mención aparte merece el mobiliario de la barra (con el clásico mostrador metálico sobre el que penden los grifos de cerveza, a la antigua usanza).
Como otros bares del barrio, su punto álgido es, que yo conozca, el domingo antes de comer. Pero un día de diario a las 9 y media de la noche es posible disfrutar de cualquiera de sus tentadoras posibilidades. Os lo aseguro.

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Bernardo López, 11 / Metro: Noviciado

Lugar de Conde Duque que tiene un cierto interés en caso de necesidades tranquilas (primeras -o más avanzadas, que yo no me meto- quedadas con una novia/o -o pre-novia/o-). El tema se presenta en forma de cervecería (con cartel de Mahou -buen presagio- en la puerta). Dentro, uno observa que hay mesitas para zampar canapés o mini-bocadillos, y ese tipo de inventos (aunque obvia decir que uno puede hacerlo igualmente en la barra, pero es que si vas con chica/o y tienes que hablar de cositas…). Como rellenos presentan una amplia variedad de porquerías, aunque yo, despues de probar varios kits de esos que traen de todo un poco, me inclino por la solución clásica del jamón ibérico. El pan está tostado un poco y untado con tomate, lo cual es de agradecer.

Aparte de cerveza, puedes tomar vino de Barbadillo (o sea, algo así como fino joven), vino éste que goza de buena reputación en ambientes sureños (el verano pasado en Sanlúcar los locales con los que estuvimos le tenían bastante aprecio) y que, todo sea dicho, en plan fresquito entra muy bien.

A mi juicio, los canapés no alcanzan el nivel de calidad/originalidad de los del Cervantes de Huertas, pero a cambio este sitio aporta una cierta novedad, refrescante si se tiene en cuenta que el de Huertas ya resulta agobiante, de tan manido.

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General Ibáñez Ibero, semiesq. Reina Victoria, 37 / Tel: 91 553 53 23

Está en una zona que yo nunca he frecuentado, pero que aquellos de vosotros que hayáis pasado (o paséis) por un colegio mayor conoceréis como vuestra propia casa.
No es el típico bar de ese área, porque allí abundan más los pafs destinados a universitarios excepcionalmente motivados, con mucho bailecito y mucha miradita furtiva (me refiero a antros tan conocidos por todos como El Punto, Pandau, etc. -hace tantos años que no voy que hasta es posible que les hayan cambiado el nombre, y es que yo ya no soy universitario). En cambio, lo que aquí tenemos entre manos es un bareto en toda la regla (reconozco que no lo creí cuando me lo explicaron por teléfono -tantos son mis prejuicios sobre el sitio donde está). Y, como tal bareto, destaca su bullicio (sano) y sus raciones (especialmente gloriosas).

Vamos a ver, el bar se compone de, digamos, dos ambientes distintos. A un lado, sentados en las mesas, una mayoría de grupos de señoras (¿por qué señoras? me pregunto) enjoyadas y con aspecto de almacenar en sus cabezas unos cuantos litros de tinte capilar (viejas rubias de bote, hablando en silver). Al otro, de pie, la juventud, bregando por un acceso a la barra (el local está llenísimo, incluso -pongamos- un día de diario a las 10 de la noche). Por supuesto, esto no es así literalmente. O sea, que hay unos cuantos fósiles dando caña a la barra y algún que otro jovencillo -sector ennoviado, generalmente- apalancado en una mesa (qué otra cosa os voy a decir, si tengo que reconocer que nosotros nos sentamos -y creo que ninguna de mis acompañantes iba teñida ni disfrutaba de edad avanzada). Visto como un todo, el sitio recuerda un poco al Cairode Ríos Rosas, pero en menos fino y en pequeño, tal vez.

En cuanto al zampaje, primero os diré que las tapas propiamente dichas (es decir, las que te dan gratis, que nadie se confunda con esto) son abundantes, si bien un tanto desiguales, y además cambian con cada caña -tendencia granadina, vamos. Las raciones son tendiendo a seminales. Probé una carne adobada con patatas fritas realmente gloriosa, una sepia a la plancha interesante y unas setas con jamón bastante buenas. Aparte, también había una especie de ensalada de pimientos, o así, en la que no tuve a bien adentrarme demasiado. Con estas cosas, el entorno natural suelen ser las jarrazas de cerveza y de sangría. Ambas cosas (y sus efectos) según lo previsto.

Total, que me parece un sitio muy interesante. Y lo mismo deben de pensar guardias civiles, basureros (aparecen pasadas las 12, cuando el bar aún sigue abierto y aprovechan para hacer uso de él antes de sacar las basurillas y llevárselas) y taxistas (cuando salimos, cerca de la 1 y media, había toda una fila de ellos aparcados enfrente). Si no os da apuro encontraros con todos estos profesionales -a mí incluso me parecen un excelente indicio-, este puede ser vuestro bar de cabecera. Ah, y una mención especial merecen (al menos por la pinta que tienen) los enormes bocadillos de calamares (estáis avisados).

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Arapiles, 7 Metro: Quevedo

Este es un asaz entrañable bar situado en los aledaños de la Glorieta de Quevedo, pequeñito pero bien puesto, que se dice, con aires de solera, y tal, y con unos camareros simpaticones (uno de los cuales, indefectiblemente, según mi experiencia, te dice lo que les debes en miles -o sea, 120 son 120 mil, por ejemplo). Ademas, su posición es estratigica, casi a mitad de camino del viaje Quevedo-Malasaña, y también en medio del trayecto Quevedo-Seiscientos, si es que se prefiere. Por ambas razones, lo he visitado muchas veces con cierta merma de mis facultades físicas.
Unico detalle negativo que recuerdo: tendencia a una cierta sobreabundancia de seres convencionalmente encorbatados y debidamente pertrechados de loden. Sea como sea, es ideal para tomar unas cañas y una opción siempre interesante para la media-avanzada tarde.

© Carlos Gavilanes

General Alvarez de Castro, 24

Se me dio a conocer este sitio en el contexto de un divertido y extremadamente prometedor (pero corto y lamentablemente incompleto) ‘flirt’ que disfruté en compañía de una señorita de exótico nombre. Tal ser tenía la costumbre de residir, por aquel entonces (e incluso toda su vida, si no la entendí mal), en los aledaños de la Plaza de Olavide, de forma que a menudo le venía bien encontrarse con sus amistades en este sitio, tan cerca de casa. Por tanto, conocí este bar por primera vez en su compañía. Vamos, que quiero decir que eso ya me condiciona favorablemente en mi juicio. Mas adelante, con esa señorita ya desaparecida del horizonte (junto con tanta lascivia inútil, por decirlo de manera poética, y tan notables conversaciones sobre película y libro -Parque Jurasico!), tuve la oportunidad de reencontrarme con el Don Latas con motivo del primer partido de la selección nacional del desdichado ‘Clemente’ en el Mundial USA94 (2-2 contra Corea).

El sitio no es ninguna delicadeza gastronómica, pero cumple bien su cometido: Abundan las cervezas y los bocadillos buenos y conspicuos. Las cervezas, de un amplio espectro de marcas y nacionalidades (desde la seminal Pilsner-Urquel hasta la modernilla Coronita, pasando por Kronenbourg o -cómo no- Mahou). Los bocatas, de varios rellenos, de los cuales destacaré el Bacon\&Queso;, mubueno. Ademas, dos pantallas de televisión,lo cual permitía ver el partido cómodamente, terracilla exterior en verano, y un camarero guay que tan pronto te invita a un licorcillo extra como pega botes y pone caras de poseso mientras suena una cinta de “Leño”.

© Carlos Gavilanes

Guzmán el Bueno, 33 Metro: Argüelles

Hay por lo menos dos en la misma calle, pero el que aquí reseño es el más interesante, fundamentalmente porque es en él en el que se pueden tomar raciones relativamente seminales de Patatas Bravas (nada que ver con los platos engaña-turistas que se gastan en el Callejón del Gato, los supuestos inventores) o de Calamares Fritos (igualmente, nada que ver con la bazofia refrita en sabe Dios qué aceitucho que se sirve en los antros de los aledaños de la Plaza Mayor). Igual que el Nájera, del que esta bastante cerca, es un buen sitio para alimentarse antes de presenciar uno de los célebres conciertos con que nos obsequian de vez en cuando en el Revólver.

El ambiente es majete (sin pasarse, ¿eh?) los fines de semana, y se espesa considerablemente los días de diario. Ah, y no tiene televisión (así que olvidad la idea de presenciar algún partido del Canal+ aquí).

© Carlos Gavilanes

Gonzalo de Córdoba, 5

Este sitio es un mesón mas bien pequeño cuya existencia llegó a mi conocimiento a través de mis amigos de ‘Arthur Andersen’, gente de mucha chaqueta y mucha corbata entre semana, con ciertas pretensiones de ‘ejecutivos’ mas propias de épocas ya superadas (años 80, y tal) que del tiempo que nos toca vivir, y cierto alejamiento de la vanguardia que, en el caso que nos ocupa, no les impide, sin embargo, tener un ojo bastante acertado para las cosas de comer, que son no poco importantes, vamos. El caso es que en este mesón, situado en los aledaños de la Plaza de Olavide, es muy conveniente sentarse en alguna de sus escasas mesas para regalarse con unas chuletitas de cordero lechal con patatas fritas, servidas de manera tosca pero efectiva (que se dice) o unas más que dignas croquetas (en su modalidad pequeñita, que para todo hay clases). Hay más raciones, aunque la verdad es que no proliferan de forma tan aparatosa como en otros sitios. Pero tampoco les hace falta, la verdad.

Finalmente, recuerdo que en mi primera visita, en compañía de los ” arturos” estos, tomamos de postre una Tarta de Santiago bañada (a la hora de servir) con aguardiente incendiado que para qué contaros, colegas. Ah, los camareros son amables y eficientes y los precios no son caros.

© Carlos Gavilanes

Antonia Merci, 3 / esquina. Pza. de Dalí, Metro: Goya

Bar no muy grande, ideal para los domingos al mediodía, cuando se pone hasta arriba de gente, en el que sistemáticamente acompañan las cañas con un platillo de gambas (’gambitas’ sería quizas mas apropiado, aunque no por pequeñas resultan menos interesantes, marcad mis palabras).

La cerveza es Mahou de barril (algo que hay que valorar) y la oferta del bar esta en la línea de la tapa que ponen, es decir, marisco, marisco y marisco. A juzgar por cómo es la tapa, cabe esperar grandes cosas, pero yo no he probado nunca. Por lo demás, bastante interesante, sobre todo si se desea una parada intermedia en el viaje de aproximación a bares de propuestas mas sólidas, mas hacia ‘Ibiza’.

© Carlos Gavilanes

General Pardiñas, 21 Tel. 91 575 23 29 Metro: Goya

Como ya digo en algún otro sitio, el barrio de Salamanca sufre en estos momentos la invasión ‘ baldosinera’. Sí, es exactamente el mismo fenómeno que pobló, hace ya algún tiempo, la calle Ponzano y otras cercanas, en Chamberí. Son esos bares de inspiración postmoderna, diseñados a la manera de antiguas tabernas, pero con ejemplares limpieza y pijerío. En los días que corren, si uno quiere poner un bar-res\-tau\-ran\-te realmente ‘a la última’, con serias opciones de ser comentado en la “Guía de la Buena Vida” de El País, hará bien en seguir este paradigma y forrar su bar de baldosines, mejor cuanto mas historiados, sobre los que pintar raciones y precios (altos, en general) con un rotulador. No olvidar tampoco agenciarse un surtidor de cerveza de esos de base metálica, ni poner un mostrador de marmol o sucedaneo. Finalmente, rizara el rizo si ofrece diversos vinos, pimientos de el piquillo y croquetas caseras (no os tengo que decir que esto último, en particular, siempre condiciona muy favorablemente en sus juicios al autor de estas líneas). Pues bien, la ‘Taberna de la Daniela’ es un excelente ejemplo de todo lo que digo. La verdad es que no recuerdo si tienen pimientos, ni vinos, pero todo lo demás lo cumplen con creces. Incluso utilizan un gran despliegue de medios para anunciar su ‘cocido madrileño’, que debe de ser santo y seña de la casa cuando ésta es un restaurante, al mediodía. A todo ello hay que añadir, ademas, una muy variopinta clientela, desde el viejecillo que comprueba con un bolígrafo y una servilleta de papel si la cuenta que le han dado es correcta hasta el menda medio tuerto que me asegura, mirando al viejo, que -no ha visto nada igual en toda su vida-, y que va a haber que venir al bar con calculadora. Muy notable. Ademas, unas excelentes empanadas y unas correctas croquetas (grandes, eso sí, pero algo toscas). Ultimamente han enriquecido algo su carta y han aparecido las mollejas de cordero, pero este tema no esperéis verlo comentado, puesto que no se trata de un santo de la devoción del autor.

Entre los puntos débiles podrímamos citar la presencia de unos camareros a los que sólo un optimista enloquecido calificaría de espabilados, o de amables. Y quizás una clientela que se va empijeciendo cada vez más (mucha señorita de buen aspecto y dudosas maneras acompañada de pánfilo engominado usuario de loden. Pero con una croqueta en la mano uno esta dispuesto a perdonar casi todo, la verdad.

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